Octavio Marulanda Morales

OCTAVIO MARULANDA MORALES

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Lleg� la hora de la liberaci�n
Diciembre 29 de 2002

Los 45 d�as que van del 28 de diciembre al segundo lunes de febrero son la carnestolenda. Al d�a siguiente, ser� el carnaval. Luego vendr� el Mi�rcoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma; un tiempo de arrepentimiento de 46 d�as.

Por �lvaro G�rtner, Editor de GACETA

El Nacimiento del Ni�o Dios es una fiesta tanto profana como religiosa y est� muy cerca de ser m�s pagana que cristiana, porque a la devoci�n de la Novena le sigue el desenfreno del carnaval. Todo se junta en la alegr�a del esp�ritu de la Navidad.

El origen m�s remoto del carnaval est� en el culto a Saturno, dios romano de la agricultura. La celebraci�n estaba asociada tambi�n con L�a, deidad de las plagas y la destrucci�n. De all� surge la confrontaci�n festiva entre el bien y el mal, propia de los carnavales contempor�neos.

Las saturnales comenzaban el 19 de diciembre; durante siete d�as toda actividad era suspendida, lo prohibido era permitido, hab�a intercambios de regalos como velas y mu�equitos de arcilla. Los esclavos eran libres esa semana.

Al ser impuesto el cristianismo como religi�n oficial del Imperio Romano en el a�o 313, fueron abolidas las festividades en honor de las deidades paganas. Como la Iglesia no logr� su cometido, intent� sustituirlas con obras de misterios populares y autos sacramentales, en los cuales eran representados en vivo los castigos para los pecadores. Estas representaciones se hac�an para ense�ar la doctrina a los analfabetos y, por supuesto, para infundirles el temor de Dios por los festejos paganos que segu�an celebrando.

En los escenarios de los autos sacramentales de la Edad Media hab�a un lugar inferior en el cual se hac�a una representaci�n lo m�s viva posible del infierno. Gente disfrazada de demonios se encargaba de dramatizar las sentencias. As�, apareci� el diablo cristiano y castigador en las artes.

Entre tanto, en los patios traseros de los templos y en los festejos populares se hac�an parodias profanas de tales representaciones. De esa manera el pueblo ejerc�a la cr�tica social y religiosa con un humor corrosivo. Los curas tronaban desde los p�lpitos, los obispos repart�an baculazos, los papas echaban sus bulas y los concilios prohib�an, pero las parodias no cesaron.

La Iglesia no tuvo m�s camino que reconocer esas fiestas paganas como un hecho irreversible. El Concilio de Benevento del Siglo XI fij� un tiempo que va desde el 28 de diciembre, Fiesta de los Inocentes, hasta el segundo martes de febrero para celebrarlas.



Vejigazos a m�s no poder

Tal permiso tuvo un precio. Los santos padres determinaron que tras la liberaci�n de los goces carnales y la permisi�n de lo prohibido, vendr�a un per�odo de recogimiento.

De esa manera, los 45 d�as que van del 28 de diciembre al segundo lunes de febrero, ser�a la carnestolenda o tiempo de la carne. Al d�a siguiente, segundo martes del segundo mes, ser�a el carnaval, que viene del lat�n 'carne levare' o quitar la carne. Luego vendr�a el Mi�rcoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma o cuarentena de purificaci�n para la Pascua. Un tiempo de arrepentimiento de 46 d�as.

De esa manera, antes de renunciar a los placeres mundanos en la Cuaresma, el pueblo se sacia como una "preparaci�n para cumplir la prohibici�n", dec�a la antrop�loga colombiana Nina S�nchez de Friedemann.

As� pues, durante mes y medio, las multitudes en el mundo occidental se liberan de su posici�n social y econ�mica, se enmascaran, cambian de genio y de sexo, y desdoblan su personalidad, permitiendo salir todo lo reprimido. Y as� los carnavales se diseminaron por todo el mundo cristiano, llevado por los sirvientes y ayudantes de los curas que part�an a adoctrinar paganos.

A lo largo de la Edad Media hubo en Europa carnavales de gran esplendor, muchos de los cuales todav�a son celebrados. A Am�rica lleg� al comienzo de la Colonia y ech� ra�ces desde Nueva Orleans hasta Buenos Aires. En Cartagena ya hab�a carnaval de estilo europeo en 1774. Pero fue en el Siglo XIX cuando comenzaron a consolidarse en Colombia: Riosucio (Caldas) en 1846, Barranquilla en 1876 y Pasto en 1912.

El carnaval tom� en Am�rica elementos ind�genas y africanos. Las comunidades rurales incorporaron elementos religiosos de los autos sacramentales y as� aparecieron los diablitos, venidos de las fiestas del Corpus Christi donde participaban repartiendo golpes y vejigazos. En ese entramado l�dico-religioso, fiestas como la de los Reyes Magos terminaron convertidas en carnavales, tanto en Pasto como en Riosucio.

Una vez m�s, lo religioso y lo profano se unen. Hasta el pasado 24, para invocar al Ni�o Dios. Ahora, y hasta el segundo martes de febrero, para liberar los goces.



Diablo castigador

Los diablitos de carnaval no son lo mismo que el Diablo cristiano. Como el carnaval es una fiesta de origen pagano en que todo es permitido, los diablitos son parte esencial del festejo, al encarnar la risa y el castigo burlesco: "El carnaval urbano desmitifica la vieja imagen del Diablo apocal�ptico, fabricando uno con una filosof�a moderna, que representa el mal aleg�ricamente", explicaba el folclor�logo Octavio Marulanda.

Al diablo del carnaval se le invoca para crear un esp�ritu de regocijo, para romper la rutina, para liberarse de normas y convenciones. A trav�s suyo se canalizan burlas, cr�ticas, elogios y angustias del pueblo, que ha acumulado a lo largo del a�o.

La Iglesia Cat�lica tambi�n tuvo esa misma alegor�a en algunas celebraciones religiosas, tal como describi� Nina de Friedemann: "Los diablitos de los blancos, vestidos de negro y rojo, con caretas, cuernos y facciones demon�acas empezaron a participar en las procesiones cristianas, dando golpes y vejigazos por doquier". Religi�n y paganismo se mezclan con la bendici�n cat�lica.

Como esa figura produc�a risa en medio de la solemnidad religiosa, se convirti� en s�mbolo carnavalesco. El historiador Otto Morales Ben�tez advierte que ese diablito "no castiga; el cat�lico, s�. El carnavalero no es vengativo, sino que da contento, ilumina, presta su conjuro para cantar". Y a�ade: "Su contribuci�n es a la felicidad. Por ello no reivindica, al final, ninguna creencia". Morales explica que "no naci� como parte de un sistema teol�gico, ni pol�tico, ni social, ni econ�mico".

Los diablitos recorren el continente: en las fiestas de Oruro en Bolivia, la comparsa de los diablos revive esp�ritus de la mitolog�a ind�gena que act�an mal�ficamente en el fondo de las minas donde trabajan los indios. Esos diablos desfilan con una caravana de mulas cargadas con tesoros, en ofrenda ritual a una deidad ind�gena sincretizada en la Virgen de Socav�n. Paganismo y religi�n unidos en la fiesta.

Igual sucede en algunas etnias negras de Venezuela, en donde hay danzas rituales de diablos el d�a de Corpus Christi. En ese mismo pa�s, en la Fiesta de los Diablos de Yar�, desfilan diablitos con cencerros atados a la cintura, tal como en Riosucio. En el Carnaval de Olinda, Brasil, los diablitos tienen un car�cter muy l�dico.

En los carnavales de Barranquilla y Pasto tambi�n salen diablitos. En pueblos de Boyac�, como Socha, Bel�n, Floresta, Soat� y C�mbita, unos diablitos mestizos llevan l�tigos con remates de vejiga de res inflados para castigar a quien se atreva a impedir el camino.

En el Litoral Pac�fico la figura desfila en las fiestas de Reyes Magos del 6 de enero. En Guapi, el disfrazado m�s vistoso es el diablo, que tiene la misi�n de azotar a los transe�ntes, en medio de piruetas y expresiones procaces. En diciembre, las calles de Cali se llenan de diablitos, muertes y viudas alegres. Tambi�n en Natagaima, Prado, Coyaima y Purificaci�n (Tolima), aparecen diablitos que luchan contra una cruz cristiana.

En donde la figura del Diablo carnavalero est� m�s arraigada es en Riosucio. Esta imagen ha suscitado innumerables equ�vocos, pues se ha cre�do que se trata de un carnaval al diablo y hasta se ha dicho que en esa poblaci�n adoran la infernal figura. Sin embargo, el diablo riosuce�o no es otro que un diablito magnificado de todos los carnavales occidentales y es hasta m�s peque�o que el gran diablo de ne�n que se toma las calles de Nueva York.

As� como los diablitos carnavaleros tienen bendici�n eclesi�stica, el gran Diablo de Riosucio no suscita discusiones teol�gicas. "Este sentimiento popular lo han respetado los sacerdotes", explica Otto Morales, quienes "participan en el juego colectivo", porque saben que no se trata del Diablo del infierno. Y a juicio de Marulanda, el diablito carnavalero "ha servido para erradicar los complejos propios de la beater�a irracional".

El papel del diablo en los carnavales no es decorativo, ni es un payaso, por m�s que siempre haga re�r. Y a pesar de que no se trata del demonio cristiano, aplica ciertos castigos, porque esta noci�n "no puede disociarse en la mentalidad popular de la imagen del demonio", dec�a el investigador Octavio Marulanda.

Los castigos del diablito son simb�licos pero efectivos, porque en los carnavales occidentales las sociedades se juzgan a s� mismas a trav�s del disfraz, de la m�scara, de los versos: "En la misma medida en que la sociedad se va descomponiendo y va exhibiendo sus llagas, tambi�n va facilitando el que el pueblo asuma su papel de fuerza castigadora por medio de sus herramientas cr�ticas", consideraba Marulanda. Ah� entran los diablitos como ejecutores simb�licos de sentencias simb�licas.

Por eso, en palabras de Marulanda, "el carnaval es de cierto modo un orden moral, bajo cuyo imperio todo el mundo se respeta. Quedan erradicados los delitos: es el verdadero reino de la paz. Ni agresiones, ni ri�as, ni atentados personales: s�lo alegr�a, pura y simple, tal vez ingenua, pero real y absorbente".



La farsa de la vida

Los carnavales se originaron en las parodias de los autos sacramentales medievales. Es decir, en las farsas que algunos guasones representaban imitando burlescamente las obras teatrales religiosas. De ah� que el carnaval es una parodia de la vida cotidiana, pues ridiculiza ciertas costumbres, se mofa de los tab�es, pone en entredicho a trav�s del verso y del canto jocoso a los pol�ticos y permite que a trav�s de la risa la sociedad se cuestione a s� misma.

El carnaval es s�mil y paradigma de todo lo que sea una farsa. Si en el Congreso se aprueban con premura las leyes, se dir� que hubo "un carnaval del pupitrazo". Si un equipo de f�tbol golea a un contrincante muy malo, fue "un carnaval de goles". Si un funcionario malgasta los recursos, propici� "un carnaval del despilfarro". .

Y cuando una relaci�n de pareja se trunca porque uno de los dos enga�� a otro, o lo abandon�, o simplemente se aburri�, el amor es una farsa. Y la farsa es un carnaval.

Tambi�n hay amores de carnaval. Sentimientos que se despiertan en la fiesta y se llega a creer aut�nticos. Nacen del deslumbramiento, de la magia que produce la carnestolenda a trav�s del disfraz, de la m�scara, de la risa permanente. Surgen con tanta fuerza que impulsan a dejar atr�s lo establecido, a olvidarse de la pareja verdadera para correr en pos de ese espejismo con forma de hombre o de mujer que emergen del brillo de las lentejuelas.

Estos amores duran lo que un carnaval. Y el celebrante que se torn� infiel regresa a su vida cotidiana entre arrepentido y feliz. No tiene explicaciones porque no las hay; s�lo atinar� a decir la verdad: culpa del carnaval.

A veces la embriaguez del festejo lleva a considerar que el tiempo que seguir� a la fiesta ser� como una prolongaci�n de �sta. Como si la parodia de la cotidianidad pudiera convertirse en la cotidianidad misma.

Si surgen amores se formulan promesas, as� algo dentro del promesero grite que nada de ello podr� ser posible. Ni falta qui�n las crea y al terminar la carnestolenda y regresar a la realidad comprobar� con amargura c�mo al despojarse del disfraz y de la m�scara se habr� evaporado todo lo sublime que crey� tener en esos d�as de luz, de m�sica y de risa.



S�cate la caretita

Durante un carnaval desaparecen las clases sociales; no hay ricos ni pobres, negros ni blancos, feos ni bonitos. Todos son celebrantes de un mismo ritual que pone en entredicho los valores sociales, econ�micos, pol�ticos y religiosos, y es a la vez una exaltaci�n de la vida y de la alegr�a. Se considera, incluso, que durante un carnaval las enemistades personales desaparecen, en una especie de tregua que proscribe las agresiones de toda �ndole.

El gran factor de unificaci�n social es la m�scara o el antifaz. Al ocultarse detr�s de un objeto que parodia algo o hace mofa de determinado hecho, la personalidad se transforma en funci�n de la alegr�a. Y llega a ser tan irreconocible el celebrante, que deja dudas sobre su real identidad.

Por supuesto, ello suele conllevar ciertos juegos que en tiempos normales la gente no se atreve a jugar. En especial juegos de coqueteos y de seducci�n. Las mujeres, que son m�s recatadas, se vuelven m�s audaces en los d�as de carnaval.

La audacia surge del inc�gnito. Pero �ste tambi�n agudiza las percepciones y parte del juego es descubrir la verdadera identidad de los celebrantes, lo cual le otorga m�s emoci�n y suspenso a la parodia.

La m�scara bien puede ser la parte m�s importante del disfraz, pues guarda la identidad individual e iguala la colectividad. Una m�scara podr�a ser suficiente disfraz.

Le sigue en importancia la capa, pues �sta confiere a quien la viste una especie de halo m�gico. La capa, entonces, corrobora que el carnaval es un ritual m�gico mediante el cual son propiciadas la risa y la alegr�a. Un ritual mediante el cual se ridiculiza la solemnidad de los d�as corrientes.

Pero el acto de disfrazarse debe ser colectivo. El carnaval s�lo es posible si la sociedad entera se disfraza. Mediante el disfraz colectivo la sociedad puede parodiarse a s� misma.



Del pueblo para el pueblo

Al contrario de ferias como la de Cali, que son organizadas por unos pocos, los carnavales los hace el pueblo para el pueblo. Por tanto, la participaci�n colectiva es la esencia del carnaval.

El prototipo de la participaci�n colectiva es la comparsa. Es b�sicamente un grupo de personas que se re�ne para gozar el carnaval. Los une la amistad y se igualan en el disfraz. Una comparsa puede ser simplemente un conjunto de disfraces sueltos.

Pero lo com�n es escoger un determinado tema qu� representar a trav�s de los disfraces -o simplemente con antifaces-, lo cual da a los integrantes de la comparsa una identidad colectiva: los identifica ante los dem�s y los convierte, tambi�n, en grupos cerrados a los cuales s�lo entran los elegidos, es decir, quienes vistan el disfraz escogido.

Estas comparsas se limitan a desfilar bailando. Otras, como en Barranquilla y R�o de Janeiro, danzan, lo cual demanda mayor trabajo. Danzarines y bailarines festejan hasta el cansancio, porque el agotamiento del celebrante es parte del ritual, pues s�lo as� se logra el desfogue de las energ�as.

Hay otra forma de comparsa: la cuadrilla. Su nombre evoca las cuadrillas de esclavos que laboraban las minas para los espa�oles y por algo el l�der de la carnavalesca tiene el mismo t�tulo de la minera: capit�n de cuadrilla. Pero su conformaci�n art�stica se remonta a las danzas de cuadrillas a caballo del Siglo XVIII, que a�n se ejecutan en San Mart�n, Meta.

La cuadrilla se re�ne alrededor de un mensaje determinado, que identifica la agrupaci�n durante la festividad. Ese mensaje se entrega a trav�s de los disfraces, que deben ser alusivos al tema. Tambi�n se escriben letras que son adaptadas a m�sicas conocidas con el fin de cantar el mensaje en presentaciones callejeras o en casas particulares que abren sus puertas en carnaval.

 

http://www.elpais.com.co/historico/dic292002/GAC/gac4.html

 

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